Mark Oliver Everett

Virginia, Estados Unidos, 1963

Mark Oliver Everett no mostró talento alguno para la física de pequeño, a la que se dedicaba su padre, el doctor Hugh Everett iii, «uno de los científicos estadounidenses más importantes del siglo xx» (según la revista Scientific American), que de joven se carteaba con Einstein y cuya  interpretación de los universos múltiples dio pie a incontables libros de ciencia ficción, películas y episodios de Star Trek.

La poesía, en cambio, le vino de su madre, que escribía y en paz descanse, como descansa toda la familia cercana de Everett, motivo por el cual éste no sabe qué poner cuando le preguntan a quién contactar en caso de emergencia. Aunque, todo sea dicho, al menos siempre hay una buena mujer a su lado, o al menos una mujer medio loca a pesar de que, como él mismo dice, Everett sea tan feo. Por eso la poesía también le viene, seguro, de la historia de la familia toda y de la vida que le ha tocado vivir.

Sea como sea, a Everett siempre le interesaron más bien los discos que escuchaba su hermana (como cada tarde, durante un año, el After the Gold Rush de Neil Young), y aunque nunca soñó con llegar a tocar el mismo piano vertical con el que Young grabó ese disco (como un día iba a ocurrir), su vocación musical no sólo fue temprana, sino que consiguió superar una inseguridad proverbial.

A los diez años tenía por favorito el primer disco en solitario de Lennon, como cabe esperar de un crío disfuncional aunque también resuelto: a los seis ya se había comprado su primera batería de juguete en un mercadillo. En la adolescencia, después de haber compuesto unas cuantas canciones en el piano de casa, se hizo con una guitarra que acumulaba polvo en el armario (el de su hermana). Naturalmente a los 20 estaba obsesionado con grabar canciones en un cuatro pistas (también de segunda mano), y a los 24 iba a largarse a la gran ciudad a hacer lo único que estaba convencido de querer y poder hacer. Aunque luego resultara que lo que uno deja atrás siempre lo persigue y también que, gracias a eso (a la desdicha que, como escribió un novelista famoso, salva a algunas familias de ser iguales a todas) y desde luego al genio incontestable, Everett pudo escribir, además, su autobiografía Cosas que los nietos deberían saber. Y los que vendrán, esperamos.

Porque Everett parece escribir un poco sin querer, pero ésa debe de ser su forma de querer mucho y bien, de hacer lo que toca sin someterse, como ha hecho siempre: ser un estoico sin parecer virtuoso, y quién sabe si para que lo quieran más, eso por lo que alguien ha dicho que los escritores escriben. Y seguro que si lees esto el libro te va a entusiasmar.

Vista por encima, la historia del libro, su historia, se parece un poco a muchas: chico introvertido y maldito coge el virus de la música, se muda a Los Ángeles, donde no conoce a nadie, trabaja en lo que toque y, a fuerza de tenacidad con el aparato de las cuatro pistas (y desde luego un poco de fortuna), en efecto consigue firmar su primer contrato. El primero de tantos, como obligará la anormalidad de su banda, Eels, celebrada por otros elementos atípicos como Tom Waits, Van Morrison y sí, Neil Young, además de extrañamente reconocida por el público al igual que por la crítica, como suele decirse.

Pero luego viene todo lo demás, lo que mejor dejamos al propio Everett contar, porque nada de lo haya hecho o haya vivido se parece a lo que han vivido los demás (y sin embargo E es como todos nosotros), y de eso, sobre todo, va su libro.

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